Clementina recostada en su habitación, miraba sus manos, y sentía como los segundos pasaban lentamente.
El clic del reloj retumbaba en la habitación.
Decidió levantarse, contemplo el día por su ventana y miró profundamente el cielo.
Se dirigió a tomar una pequeña ducha. Se maquillo, y peino.
Se puso el vestido que tanto le gustaba, con sus zapatos de taco alto, descolgó el abrigo, que Miguel, le había traído de Italia, y se lo puso.
Bajo las escaleras tranquilamente, y camino por el parque.
Miraba los recuerdos de aquellos lugares inolvidables.
Sentía como los años había cambiado el rumbo de su vida.
Y que la ciudad no era la misma, que hace un par de años atrás.
El trabajo, el stress, habían cambiado la forma de mirar a los ojos a las personas.
Clementina sabía para donde la llevaban sus pies.
Era normal para ella llegar al mismo destino todos los días, contemplar el mismo barrio y a las mismas personas, tomar el mismo metro, y buses todos los días. Pensar que los segundos no son iguales a los que recién han pasado.
Se quedo de pie, mirando el cielo en medio de toda la gente.
Y cruzando la calle, estaba él.
Como todos los días, esperándola con un café en su mano izquierda.
Pero hoy en su mano derecha, no se encontraba el diario, sino… que una pequeña cajita.
Clementina cruzó la calle para encontrarse con Miguel.
- ¿te quieres casar conmigo? – pregunto avergonzado.
Pero ella, solo con un beso contesto.